Eugenio Lucas Velázquez (Madrid 1817-1870)
Guache y plumilla.
44 x 65 cm.
Alumno de la Academia de San Fernando dónde no se sintió identificado con las rígidas normas académicas y prefirió convertirse en un estudioso copiando obras del Museo Del Prado, principalmente Velázquez y Goya. De este último terminó por erigirse como el más importante y apasionado seguidor. De él toma su característica pintura imaginativa de pasiones, visiones fantásticas y dramatismo dentro del espíritu romántico. Para ello escoge temáticas como aquelarres, brujerías, romerías, Inquisición y toros, temas todos ellos típicamente goyescos.
Las imágenes representan escenas taurinas de gran intensidad narrativa y dinamismo compositivo, ejecutadas con un trazo suelto y expresivo que prioriza la captación del movimiento y la emoción sobre el detalle minucioso. EN ambos casos la acción se desarrolla en el interior de una plaza de toros, reconocible por la disposición circular del espacio y por la presencia de un público numeroso, sugerido mediante manchas oscuras y ritmos repetidos en los tendidos.
En el plano principal se concentra el momento más dramático de la lidia: el toro, representado con una anatomía poderosa y en plena embestida, irrumpe en el espacio ocupado por los toreros y asistentes, algunos de los cuales han caído al suelo. Las figuras humanas aparecen en actitudes de huida, caída o intento de control del animal, lo que refuerza la sensación de peligro y caos. Las capas, especialmente las de color rojizo, introducen fuertes contrastes cromáticos y actúan como ejes visuales que guían la mirada a través de la escena.
El tratamiento pictórico es abocetado y vibrante, con líneas rápidas y pinceladas enérgicas que sugieren más de lo que describen. Esta técnica contribuye decisivamente a transmitir la violencia del instante y la tensión inherente al espectáculo taurino. La paleta, dominada por tonos terrosos, grises y azules apagados, se ve interrumpida estratégicamente por los rojos y blancos, que enfatizan la acción y el dramatismo.
En conjunto, las pinturas ofrecen una visión intensa y casi trágica de la tauromaquia, centradas en el riesgo extremo y la fragilidad humana frente a la fuerza del animal. Las escenas se presentan, así como un testimonio expresivo y profundamente emocional, en el que el movimiento, la atmósfera y la tensión narrativa prevalecen sobre la descripción literal.