Ricardo Baroja (Minas de Río Tinto, Huelva 1871 – Navarra 1953)
1946 Firmado
Óleo / tablex
65 x 50 cm.
Publicaciones:
«Ricardo Baroja y el 98 «Fundación Kutxa. San Sebastián 1998. Pág. 201
«Ricardo Baroja» Castillo de Maya. Pamplona 1998
«La edad serena» Adín la saia. San Sebastián 2011. Pág. 26
Baroja llega a la pintura de manera casual, pero en seguida sorprendió por sus asombrosas facultades. Esto le llevó a no tener una formación académica, aunque ello no afectaría a una exitosa y reconocida carrera artística. Llegó incluso a ser considerado el mejor grabador español después de Goya.
La imagen presenta una escena de carácter costumbrista y marcado tono introspectivo, ambientada en un espacio urbano de pequeña escala, probablemente una plaza de carácter popular. La composición se articula a partir de un eje central definido por la fachada de un edificio de tonos claros y rosados, cuya sobriedad arquitectónica sirve de telón de fondo a la acción humana que se desarrolla en primer plano.
Dos árboles desprovistos de follaje enmarcan la escena y aportan una fuerte carga simbólica y estructural. Sus ramas desnudas, dibujadas con trazos oscuros y angulosos, contrastan con la suavidad cromática del muro y refuerzan una atmósfera de austeridad y recogimiento. Este recurso acentúa la verticalidad del conjunto y delimita el espacio donde se concentran las figuras.
En el primer plano se agrupa un conjunto de personajes de apariencia humilde, representados con una gestualidad contenida y actitudes de espera, diálogo o súplica. La disposición de las figuras, ligeramente separadas entre sí, sugiere una relación social marcada por la distancia, el silencio. El tratamiento de los rostros es esquemático, subordinado a la expresión corporal y al uso del color, lo que refuerza el carácter anónimo y universal de la escena., recurso muy característico en la obra de Baroja.
La paleta cromática se compone de tonos apagados —grises, ocres, verdes oscuros y rosados velados— que contribuyen a una sensación de melancolía y gravedad. La pincelada es suelta pero controlada, más interesada en construir atmósferas que en detallar minuciosamente las formas, lo que confiere a la obra una notable carga emocional.
La imagen transmite una visión sobria y humana de la vida cotidiana. La escena se impone por su equilibrio compositivo, su contención expresiva y su capacidad para evocar un estado de ánimo marcado por la introspección y la gravedad existencial.